Lo que comenzó como la búsqueda de una oportunidad terminó convirtiéndose en una historia de esfuerzo, emprendimiento y legado familiar construida desde cero en Nueva York. Cuando Jimmy Illescas llegó a Nueva York en 1994 tenía 19 años, una mochila pequeña, y una idea que le daba vueltas en la cabeza desde hacía meses: no quería regresar a cargar banano. Había crecido en la provincia de El Oro, en el sur de Ecuador. Su padre soñaba con verlo convertido en profesional y él incluso había alcanzado a matricularse en la Universidad Técnica de Machala. Pero una imagen terminó cambiando el rumbo de su vida. Un día acompañó a un amigo a un embarque de banano. Allí vio algo que no esperaba. Entre quienes cargaban cajas había abogados, ingenieros, contadores y otros profesionales que, después de años de estudio, habían terminado realizando el mismo trabajo físico que miles de trabajadores agrícolas. Aquella escena lo golpeó. "¿Para qué voy a ir a la universidad si voy a terminar cargando banano?", recuerda haber pensado. Poco después tomó una decisión que cambiaría para siempre su historia. Le pidió dinero prestado a su padre y emprendió el viaje hacia Estados Unidos. “La despedida fue dolorosa, dejaba atrás a mis padres, mis hermanas, a los caballos, a las vacas, a los ríos donde pescaba cuando era niño y a una vida de campo que todavía recuerdo con nostalgia”. Pero estaba convencido de que las oportunidades que buscaba estaban al norte. Llegó a Nueva York después de pasar por México. Lo que encontró fue muy distinto a la imagen de prosperidad que durante años había visto en quienes regresaban de visita a Ecuador. Uno de esos hombres era un conocido de su familia que viajaba periódicamente desde Estados Unidos. En Ecuador proyectaba una imagen de éxito que impresionaba a todos. Jimmy imaginaba que era dueño de un gran negocio. Cuando finalmente lo buscó en Queens descubrió otra realidad. Vendía helados y hot dogs desde un carrito en Flushing. "Aquello fue un puñete en la cara", recuerda. La lección fue inmediata: la vida del inmigrante era mucho más dura de lo que parecía desde la distancia. Aquella misma noche durmió sobre una alfombra. El apartamento donde se alojó estaba ocupado por numerosos migrantes que compartían espacios para reducir gastos y ahorrar dinero. No había una cama esperándolo. "Ahí hay una alfombra, ahí está una cobija, te puedes acomodar ahí". Afuera comenzaba el frío de Nueva York. Para él no fue un problema. Había crecido en el campo. Lo que sí entendió desde ese momento fue que el sueño americano tendría un precio. Apenas una semana después consiguió trabajo en un restaurante. Ganaba alrededor de USD. 175 dólares semanales. Muchos habrían considerado aquel empleo como un punto de llegada. Jimmy decidió convertirlo en una escuela. Comenzó lavando platos. Después pasó a preparar ensaladas. Más tarde aprendió a manejar la freidora, la parrilla, el corte y marinado de carnes, la preparación de salsas y el procesamiento de pescado y pollo. “Desde el momento que llegué, no dejaba de pensar que tenía que tener un restaurante", recuerda. Durante esos primeros años prácticamente desapareció de la vida social. Trabajaba. Estudiaba inglés. Estudiaba computación. Y observaba. Luego buscó empleo en otros restaurantes donde pudiera aprender de chefs italianos y franceses. Quería entender cómo funcionaban los negocios exitosos y absorber conocimientos de quienes llevaban años en la industria. Incluso llegó a interesarse por estudiar cocina de manera formal, pero el costo de los programas era demasiado elevado. Entonces decidió aprender directamente de quienes ya estaban triunfando. Los restaurantes se convirtieron en su universidad. Aprender de otras culturas Con el tiempo comprendió que las lecciones más importantes no siempre estaban dentro de una cocina. Le gustaba observar cómo trabajaban otras comunidades inmigrantes que habían logrado construir negocios exitosos en Nueva York. “Soy ecuatoriano, pero en mi cabeza había un japonés, un chino, un árabe o un judío” Quería entender cómo ahorraban. Cómo invertían. Cómo construían negocios capaces de durar décadas. Una experiencia personal le dejó una enseñanza que todavía conserva. “Los japoneses no piensan al año. Piensan a 20 o 25 años. No van a fiestas, trabajan y ahorran", recuerda. Aquella idea terminó marcándolo. “Mientras muchos compatriotas gastaban en trago, empecé a medir mis metas en función a mi sueño”. Cree que esa forma de pensar fue una de las claves que le permitió superar los años más difíciles de la migración. El nacimiento de Tropical La oportunidad llegó el 24 de diciembre de 1999. Ese día abrió Tropical Restaurant, en Woodhaven, Queens. Dice que el nombre no fue casual. “Muchos ecuatorianos querían entrar a la cocina para comprobar que quien cocinaba era costeño”, por lo que apostó por una identidad que evocara inmediatamente ese origen. Agrega que, en ese entonces, no fue una época sencilla para la gastronomía ecuatoriana. Los restaurantes ecuatorianos eran escasos y muchos clientes todavía asociaban los pequeños negocios latinos con establecimientos improvisados, sucios, o poco confiables. Ganarse la confianza de la comunidad requería paciencia. Jimmy apostó por la calidad, la limpieza y una identidad propia. Funcionó. El negocio comenzó a crecer. Después de tres años abrió el segundo restaurante en Long Island. Más tarde, en 2006, llegó el tercero en el corazón de Roosvelt. Su esposa Cristina se convirtió en una pieza fundamental de ese crecimiento. Diseñadora, emprendedora y socia en el proyecto familiar, acompañó cada paso de la expansión. “Ella solía bromear diciendo que cada hijo llegaba acompañado de un nuevo restaurante”, cuenta entre risas. Hoy Tropical cuenta con tres establecimientos y recibe clientes ecuatorianos, colombianos, uruguayos, estadounidenses y de otras nacionalidades que encuentran en sus locales una mezcla de sabores latinoamericanos. Una vida entera en Nueva York Aunque han pasado más de tres décadas desde su llegada, Jimmy nunca abandonó Nueva York. Su historia transcurre completamente dentro de la ciudad y sus alrededores. Cada mudanza coincidió con una nueva etapa de crecimiento personal o empresarial. La ciudad que lo recibió con una alfombra y una cobija terminó convirtiéndose en el escenario de toda su vida adulta. Pero quizá el resultado que más orgullo le produce no está en sus restaurantes. Está en sus hijos. La mayor comenzó un proyecto escolar de jugos naturales cuando tenía apenas 13 años. Hoy dirige su propio negocio relacionado con productos de açaí, yogures y bebidas saludables. La segunda hija estudia ciencias de alimentos y participa en el desarrollo de recetas. Su hijo menor trabaja y estudia mientras explora oportunidades vinculadas al mundo automotriz. Los tres han seguido el camino del emprendimiento que observaron durante toda su vida en casa. Para Jimmy, ese es uno de sus mayores logros. No haber construido tres restaurantes. Sino haber construido una mentalidad empresarial que continúa en la siguiente generación. Reconocimientos y una misión pendiente A lo largo de los años, su trayectoria empresarial le ha valido diversos reconocimientos por su aporte a la comunidad latina y al desarrollo económico de Nueva York. Entre ellos figuran distinciones otorgadas por autoridades locales, líderes comunitarios y organizaciones empresariales. También menciona reconocimientos vinculados a su labor como empresario latino y a su contribución dentro de la comunidad migrante. "Cuando miro hacia atrás y pienso en aquel joven de 19 años que durmió sobre una alfombra en Queens, no creo que haya sido la suerte la que abrió las puertas de mi primer restaurante. Fueron años de disciplina, aprendizaje y sacrificio. Aprendí que hay que pensar la vida a largo plazo". Todavía tiene metas por cumplir. Quiere ayudar a otros emprendedores ecuatorianos y latinos a crecer, compartir contactos, intercambiar experiencias y construir redes de apoyo que permitan abrir nuevas oportunidades para quienes llegan a Estados Unidos persiguiendo un futuro mejor. La ciudad que lo recibió con una cobija y un espacio en el suelo terminó convirtiéndose en el lugar donde construyó una familia, levantó tres negocios y formó una nueva generación de emprendedores. Pero cada vez que cruza la puerta de uno de sus restaurantes recuerda de dónde viene. De aquel joven de El Oro que dejó atrás los embarques de banano, a su familia y la comodidad de lo conocido para perseguir una idea que parecía imposible.