La ley estipula que todos somos donantes al fallecer, pero la realidad exige un compromiso social que trascienda el papel. Más allá de la compleja logística médica a contrarreloj, un solo individuo puede salvar ocho vidas y devolver la esperanza a decenas de familias; por eso, les presentamos los testimonios de quienes encontraron en este acto una segunda oportunidad.